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Escribir
un prólogo supone, al menos, dos compromisos. El primero es de carácter
subjetivo, porque casi siempre el prologuista, de una manera u otra, está
ligado al autor. Puede ser su amigo, su maestro o su admirador; difícilmente
será su enemigo. En el segundo, el vínculo se crea entre el comentarista y
la obra, exento de toda afectividad.
Por una razón esencialmente ética debe primar el segundo compromiso sobre el
primero y la medida de la lealtad con la verdad será la misma que exponga la
relación de la obra exenta de toda parcialidad y verdad que inspiran mi
análisis. La formación y personalidad de Inés Mazas y su adscripción a una
juventud ansiosa de transparencia, no admitirán los vicios tan propios de
esa "hipocresía victoriana" a que nos tiene acostumbrados el devenir de los
escenarios culturales.
Por otra parte, el hecho de conocer la obra desde hace bastante tiempo puede
demostrar que el haber aceptado prologar este libro me libera de toda
circunstancialidad e improvisación apologética.
Este libro de Inés Mazas puede analizarse desde diversos puntos de vista;
pero, a fuer de sincero, pienso que no debería ser contaminado con sesudas
lucubraciones donde una supuesta erudición analítica intentaría ensombrecer
su verdadero valor, que es el que hay que descubrir; y para esto, no hay que
pensar más que en los "esenciales requisitos de existencia" del Poema, para
comprobar si la Poesía ha sido aprehendida a través de los cánones del Ciclo
Poético y aquél ha adquirido una autonomía que le permita supervivir a los
instantes originarios de su creación tal como exige Elliot.
Forma y sustancia son los polos de una ancestral discusión entre los
defensores de dos escuelas contrapuestas, que ha atemperado César Fernández
Moreno en su "Introducción a la Poesía", llegando a una solución ecléctica,
equilibrada y acertada, a mi entender. Los defensores de la Poesía Pura, en
la que no deben incluirse "Los accidentes del ser" que tanta molestia
causaran a Paul Valery, criticaron la polución de las subjetividades que
resultaron ser las armas propias del vitalismo.
En la obra que nos ocupa se encuentra el equilibrio entre estas dos grandes
representaciones de la historia del poema, pues Inés Mazas ha logrado
conjugar la necesidad expresiva en cuanto ser con los reclamos de la
Poética: ser humano movido hacia la creación consciente del arte y de su
responsabilidad hacia el arte. Y es así que en cualquier parte del libro, en
cualquiera de sus acciones, se hallan presentes y bien cumplidos los hitos
requeridos por quienes se han dedicado al análisis del poema como resultante
de una cronología cíclica: para los exigentes de las escuelas formalistas,
la morfología de ESTADOS ALTERADOS es una muestra enriquecida por acentos
que conforman ritmos y hacen escala en la musicalidad; acaso el primer
puerto del destino poético. Y la herramienta del lenguaje se sazona con
tropos y metáforas que completan la enmarcación de la poesía.
Tomo un poema al azar. "¿Cuántos colores puede tener la flor dormida de
mi alma?...la calma/ la quietud de mi esperanza despiertan / en un colchón
de espuma y nácar / adueñándose de mis tiempos / arreciando mis recreos /
triunfando sobre todo. Ese todo / que despierta / inexorablemente."
Sustancialmente me inclino a ubicar a la autora dentro de un equilibrio
que antes he mencionado entre la virtud formal, la belleza expresiva y un
impulso vital que se define por la lucha por la vida. En la segunda sección
del libro se encuentra la "Metáfora de Hiroshima", acaso el ejemplo más
acabado de mis afirmaciones. La inteligencia de esta joven poeta se adivina
en la urdimbre comunicativa y su actitud vital en la esperanza de la última
línea.
Con lo afirmado, concluyo que la obra de Inés Mazas es emblemática de un
mundo nuevo, en el que las penas, alegrías y esperanzas añejas son puestas
al oído de quien la escucha o a los ojos de quien la lee con una acertada
convivencia de la calidad literaria con el universo complejo que significa
simplemente el alma de un ser que canta a la vida y que observa el mundo,
acaso por aquello que manifestara W. Saroyan acerca de la misión de todos
nosotros: "mi trabajo es escribir, pero mi verdadero trabajo es ser".
PEPE ARAUJO
Villa Carlos Paz, primavera 1999
cuyos ecos para el 2000 los dejo en buenas manos,
en las de Inés. |
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